Carta de amor
Escritura

Al amor de mi vida

¡Bienvenidos a mis cartas de amor! 

Una Serie de cartas tomadas de algunas vidas, situaciones reales y otras imaginarias pero que no se alejan de la realidad.

Algunas son de amor, otras de desamor, unas de esperanza y otras no mucho.

Espero les guste. Están escritas con mucho cariño y es un pequeño regalo de mí para ustedes.

Aquí la primera edición.

Al amor de mi vida

Quizá nunca leas esta carta, porque tal vez cuando la termine la meta en un cajón y se quede ahí para siempre, o quizá salga con mis amigas esta noche, consuma una cantidad absurda de alcohol, tome valor y meta esta carta en el primer buzón que encuentre (Tenía muchos años que no escribía a mano, pero tú lo mereces).

Espero no recordar nada mañana.

Solo te escribo, algo tarde (10 años después), porque necesito que sepas, necesito decírtelo.

La noche que te conocí, no sé si fue la primera vez que tú me viste, pero yo tenía tres meses viéndote, sabes, las ventajas de vivir en un pequeño pueblo y no haber muchos sitios donde gente de nuestra edad pueda salir.

Desde la primera vez que te vi en ese club, no dejé de verte, y siento que de alguna manera la vida te ponía frente a mí cada fin de semana para que tomara el valor de hablarte. Nunca lo hice.

Solo te miraba y creía que eras el chico más guapo que había visto en mi vida. Incluso cuando te vi con algunas chicas y sentí unos celos absurdos, nunca dejé de mirarte.

Esa noche cuando te conocí y siempre le agradeceré a mi amiga por haber tenido el valor de pararse frente a ti y presentarnos. Quizá lo hizo porque ya la tenía harta de hablarle de lo hermoso que eras, que tomó la decisión, pero ahí en ese momento que tu mano tomó la mía supe que tú eras el amor de mi vida.

No sabía si terminaríamos juntos, en esa fracción de segundos rogué que sí, porque nadie te amaría más que yo. Si incluso te amaba sin conocerte.

Esa noche hablamos hasta el amanecer. Reí con tus ocurrencias y tú escuchaste mis tonterías. Esa noche, a pesar de que pensé que había hecho el ridículo contigo porque hasta la lengua se me enredaba cuando hablaba, me invitaste a salir al otro día.

No dormí. Simplemente me tumbé en la cama con una sonrisa en mi cara y esperé un rato más para ir al trabajo.

No recuerdo nada de lo que hice ese día en casa. Estaba de vacaciones de verano y lo único que hice fue contar los minutos para volver a verte, comer lo que mi ansiedad me permitió y vestirme para esperar a que me llamaras.

Lo hiciste.

A pesar de no tener coche, un amigo te prestó el suyo porque, según tú, yo no merecía andar a pie por ahí.

Me pareció romántico y caballeroso de tu parte. Otro escalón más para ascender más en la nube en la que me encontraba.

Esa noche me llevaste a comer helados ¡Helados! Ningún chico nunca me había llevado a comer helados. Me dijiste «Hoy vamos a cenar helados, y de postre, más helado».

¿Cómo no me voy a enamorar de ti, si me llevaste a cenar helado?

Pero no un helado cualquiera, ese día comí helados como nunca en mi vida. Pediste todos los tipos de helados que había en la heladería con todos los sabores. No sé como no me dio un coma diabético. Quizá porque a los veinte años eso no sucede y también porque todo el azúcar se lo consumía la adrenalina que sentía cuando estaba a tu lado.

De ahí fuimos a la playa y me besaste por primera vez. Eras el amor de mi vida. No necesitaba más confirmación.

Vimos el amanecer entre besos.

Salimos por par de semanas inolvidables para mí. Todavía puedo recordar cada día porque después de esa primera salida, no nos separamos más.

Una noche salimos con un grupo de amigos, pero nosotros permanecimos en nuestra burbuja. Nadie nos podía molestar porque nos hablábamos sin abrir la boca, nuestras miradas lo decían todo.

Esa noche me dijiste para salir a la terraza. El club tenía una hermosa terraza con un muelle donde la gente podía llegar en sus botes.

Ahíme dijiste que te irías a vivir a otro país en poco más de una semana.

Ahí me rompiste el corazón.

Pero te negabas a aceptar que lo nuestro tenía fecha de vencimiento, y en ese momento yo también.

Eras el amor de mi vida.

¿Cómo podía terminar eso que sentíamos? Era absurdo. Un amor así ni la distancia lo podía apagar, porque si ya te amaba antes de conocerte, ¿Cómo no te voy a amar después de hacerlo?

Esa noche nos escapamos y fuimos a tu casa. Hicimos el amor como si no hubiese un mañana, aunque al siguiente día también lo hicimos así, y el día después. Quizá era la pasión de dos jóvenes que se deseaban o la única manera de demostrar todo el amor que sentíamos, con la madurez que pudiesen tener dos chicos de un poco más de veinte años.

La despedida llegó. Las lágrimas no me dejaban ver tu belleza. Tus ojos verdes aún más claros por tu mirada triste y húmeda, pero aún así hermosa.

Después de que te fuiste, hablábamos todos los días. La cámara del móvil era mi mejor amiga,.

Quien también era mi mejor amiga, era la barrar del club donde nos conocimos, ahí me sentaba a recordarte, a beber la mayor cantidad de alcohol que mi cuerpo me permitía hasta que mis amigas, unas santas, me llevaban a casa mientras lloraba a cántaros por ti.

Te extrañaba tanto que dolía.

Cada día que hablábamos soñábamos con el día que nos veríamos otra vez. Hacíamos planes e inventábamos historias de nuestro reencuentro.

Nunca volvió a suceder.

Nunca nos volvimos a ver.

Terminamos nuestros estudios, entre trabajo y ocupaciones nuestra vida se hizo cada día más ocupada. Las llamadas más esporádicas y aunque el mismo amor, nuestras vidas habían cambiado.

Las redes sociales me dejaban saber que estabas bien, que eras feliz y yo era feliz con eso.

Yo tampoco me quedé en una cueva. Salí con chicos, me divertí, viajé. Todavía lo hago, hasta eventualmente me enamoré.

Dentro de tres días me caso, con un hombre decente y bueno.

Profesional, independiente y honesto. Un hombre que me respeta y me ama y aunque te suene extraño, yo a él.

Hemos hecho muchos planes a futuro, planes concretos y realistas, no como esa fantasías que solíamos construir tú y yo, esas fantasías que de vez en cuando recuerdo y me hacen feliz.

Solo te quiero decir que todavía te amo, todavía eres el amor de mi vida aunque mi prometido es el hombre que amo. Aunque suene extraño, son dos cosas diferentes. Porque aunque a ti te amo más, a él lo amo mejor y es suficiente para mí.

No sé si es una carta de despedida o una declaración de amor, quizá las dos cosas.

Solo quiero decirte que deseo que seas feliz, creo que lo eres. Yo por mi parte lo soy y estoy segura que tú me desearías lo mismo.

Quizá esta es una carta de agradecimiento.

Gracias por ser parte de mi vida, por enseñarme lo que es el amor verdadero, por verme por lo que realmente soy, a amarme por eso, tú me hiciste amarme y me hiciste reconocer el amor.

Te amaré por siempre.

Por eso dedico esta carta a ti.

Al amor de mi vida.

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